Miércoles, 02 de Noviembre de 2011 14:59

Jeffy

por  D'Cuco
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effy no paraba de entrar y salir del hospital. Estaba muy mal cuando lo vi por última vez en su habitación del hospital. Padecía una afección del sistema nervioso central, ocasionada por una leucemia que lo ha mantenido enfermo la mayor parte de su vida. Tenía la piel muy blanca, pálida, casi incolora. Con gran dificultad lograba sostenerse de pie. Muchas veces se le había caído el pelo después de la quimioterapia.

Ya no toleraba ni ver una jeringa, y todo le resultaba terriblemente doloroso.

Ese día fue un médico joven y nuevo el que le pasó visita. Cuando entré en la habitación oí que les decía a los padres que iba a intentar otra quimioterapia.

Les pregunté a los padres y al médico si le habían preguntado a Jeffy si estaba dispuesto a aceptar otra tanda de tratamiento. Dado que los padres lo amaban incondicionalmente, me permitieron hacerle la pregunta al niño delante de ellos. Jeffy me dio una respuesta preciosa, de ese modo en que hablan los niños.

– No entiendo por qué ustedes las personas mayores nos hacen enfermar tanto a los niños para ponernos bien – dijo sencillamente.

Hablamos de eso. Ésa era su manera de expresar los naturales quince segundos de rabia. Ese niño tenía suficiente dignidad, autoridad interior y amor por sí mismo para atreverse a decir «No, gracias» a la quimioterapia. Sus padres fueron capaces de oír ese «no», de respetarlo y aceptarlo.

Después quise despedirme de Jeffy, pero él me dijo:

– No, quiero estar seguro de que hoy me llevarán a casa.

Si un niño dice «Llévenme a casa hoy», significa que siente una enorme urgencia y tratamos de no aplazarlo. Por lo tanto, les pregunté a sus padres si estaban dispuestos a llevárselo a casa. Ellos lo amaban tanto que tenían el valor necesario para hacerlo. Nuevamente quise despedirme. Pero Jeffy, como todos los niños, que son terriblemente sinceros y sencillos, me dijo:

– Quiero que me acompañe a casa.

Yo consulté mi reloj, lo que significa: «Es que no tengo tiempo para acompañar a casa a todos mis niños, ¿sabes?» No dije ni una sola palabra, pero él lo entendió al instante.

– No se preocupe – me dijo –, sólo serán diez minutos.

Lo acompañé a su casa, sabiendo que en esos próximos diez minutos él iba a concluir su asunto pendiente. Viajamos en el coche, al llegar a su casa, se abrió la puerta del garaje. Ya dentro del garaje nos apeamos. Con mucha naturalidad, Jeffy le dijo a su padre:

– Baja la bicicleta de la pared.

Jeffy tenía una flamante bicicleta que colgaba de dos ganchos de la pared. Durante mucho tiempo, su mayor ilusión había sido poder dar, por una vez en su vida, una vuelta a la manzana en bicicleta.

Su padre le compró esa preciosa bicicleta, pero debido a su enfermedad el niño nunca había podido montarse en ella y la bici llevaba tres años colgada en la pared. Y en ese momento Jeffy le pidió a su padre que la bajara. Con lágrimas en los ojos le pidió también que le pusiera las ruedecillas laterales. No sé si se dan cuenta de cuánta humildad necesita tener un niño de nueve años para pedir que le pongan a su bicicleta esas ruedas de apoyo, que normalmente sólo se utilizan para los niños pequeños.

El padre, con lágrimas en los ojos, colocó las ruedas laterales a la bicicleta de su hijo. Jeffy apenas si podía tenerse en pie.

Cuando su padre terminó de atornillar las ruedas, Jeffy me miró a mí:

- Y a usted, doctora Ross, usted está aquí para sujetar a mi mamá a fin de que no se mueva.

Jeffy sabía que su madre tenía un problema, un asunto inconcluso: todavía no había aprendido que el amor sabe decir «no» a sus propias necesidades. Lo que ella necesitaba era coger el brazo de su hijo tan enfermo, montarlo en la bicicleta como a un crío de dos años, y agarrarlo bien fuerte mientras él corría alrededor de la manzana.

Eso habría impedido que el niño obtuviera la mayor victoria de su vida.

Por lo tanto sujeté a su madre y su padre me sujetó a mí. Nos sujetamos mutuamente, y en esa dura experiencia comprendimos lo doloroso y difícil que es a veces dejar que un niño vulnerable, enfermo terminal, obtenga la victoria exponiéndose a caerse, hacerse daño y sangrar. Pero Jeffy ya había emprendido la marcha.

Transcurrió una eternidad hasta que por fin volvió. Era el ser más orgulloso que se ha visto jamás. Lucía una sonrisa de oreja a oreja. Parecía un campeón olímpico que acabara de ganar una medalla de oro.

Con mucha dignidad se bajó de la bicicleta y con gran autoridad le pidió a su padre que le quitara las ruedas laterales y se la subiera a su dormitorio. Después, sin el menor sentimentalismo, de modo muy hermoso y franco, se volvió hacia mí.

- Y usted, doctora Ross, ahora puede irse a su casa.

Dos semanas después, me llamó su madre para contarme el final de la historia.

Cuando me hube marchado, Jeffy les dijo:

- Cuando llegue Dougy de la escuela (su hermano menor, que estaba en primer año), lo mandan a mi cuarto. Pero nada de adultos, por favor.

Así pues, cuando llegó Dougy, lo enviaron a ver a su hermano, tal como éste lo había pedido. Pero cuando bajó al cabo de un rato, se negó a contar a sus padres lo que habían hablado. Había prometido a Jeffy guardar el secreto hasta su cumpleaños, para el que faltaban dos semanas.

Jeffy murió una semana antes del cumpleaños de Dougy.

Llegado el día, Dougy celebró su fiesta, y entonces contó lo que hasta ese momento había sido un secreto.

Aquel día en el dormitorio, Jeffy dijo a su hermano que quería tener el placer de regalarle personalmente su amada bicicleta, pero que no podía esperar hacerlo para su cumpleaños, porque entonces ya se habría ido; por lo tanto deseaba regalársela ya.

Pero se la regalaba con una condición: Dougy nunca usaría esas malditas ruedas laterales.

 

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